¡Tenemos los gobiernos que nos merecemos!

15
Nov

Houssien El Ouariachi

El hombre es social por naturaleza, por lo que además de interesarse por los asuntos propios, suele interesarse por los asuntos de los demás vecinos y paisanos, un interés que a veces no es sano cuando se trata de hurgar en las intimidades y la privacidad del prójimo, pero me refiero a lo que llamamos política, los asuntos públicos, de ahí el concepto de ciudadano, el que se interesa por los asuntos de la ciudad, del país, mientras que idiota sería lo contrario.

Idiotas aparte, los ciudadanos se dividen en cuanto a su forma de aproximarse a la política, mientras unos se preocupan por mantener el statu quo, otros, las víctimas de este estado, buscan e intentan cambiarlo, un cambio que se prefiere sea pacífico, qué duda cabe. Y he aquí uno de los debates intensos que se dan entre los conformistas y los indignados.

Los últimos suelen basar su crítica e indignación en los ideales éticos que todo el mundo suscribe pero que sólo ellos están dispuestos a poner en práctica, mientras los conformistas también llamados “realistas” intentan defender su postura, cuando sus argumentos no convencen, que en realidad esconde miedo y cobardía ante el destino, sueltan su máxima favorita: ¡Tenemos los gobernantes que nos merecemos!

¿Quién puede rebatir semejante “verdad”? Una máxima que parece una ley física, un mandamiento divino o una fatalidad. ¿De verdad los pueblos tienen los gobernantes que se merecen?

En una democracia parece difícil rebatir la máxima, pero no imposible. ¿Se merecen los españoles a Rajoy? ¿Se merecen los catalanes a Puigdemont? La respuesta es cuanto menos discutible, pues a Rajoy a penas le votó un 33%, y a Carles Puigdemont no le votó nadie, vino en lugar de Mas tras la presión de la CUP. ¿Ven? La respuesta no es fácil, por lo que la máxima no es tan tajante.

Pero si nos vamos a países no democráticos, y donde se da todavía más esta máxima, la respuesta es infinitamente injusta. Se prefiere poner el énfasis en la gente humilde para desacreditar sus derechos y de paso pisotear su dignidad para justificar la opresión y la injusticia de los déspotas. Si el pueblo fuera educado, sus gobernantes también lo serían, por lo que esos gobiernos de pronto ganan la batalla y apuestan por la ignorancia y la corrupción. Y así el pueblo se muerde la cola y no sale jamás de esa espiral hasta que explota en violencia y vuelta a empezar.

Un servidor propone otra máxima que creo que es más ética, y es que en lugar de poner el énfasis en el pueblo, que tiene su importancia sin duda, ponerlo en los dirigentes: ¡Tenéis los pueblos que os merecéis! Así, cuando un país o sociedad sufre la opresión, la corrupción, la desigualdad, el subdesarrollo, el analfabetismo, la violencia, el terrorismo… es porque esos gobernantes son responsables y no la gente en su conjunto.

Jamás se ha dado que un gobierno justo haya producido una sociedad corrupta, pero sí un gobierno corrupto ha corrompido a la sociedad. Los gobernantes son el espejo de los pueblos sin duda, la gente se ve reflejada en ellos, cuando son modélicos, la gente es modélica, y cuando no, no.

Así que no, no nos merecemos a nuestros gobernantes.