LAS ELECCIONES DEL 24M Y LA ISLAMOFOBIA

15
Nov

Houssien El Ouariachi

 

Durante el día de ayer la inmensa mayoría de los españoles han tenido la oportunidad de acercarse a las urnas para participar en las elecciones autonómicas y municipales y decidir quiénes van dirigir y gestionar los asuntos de sus correspondientes municipios, ayuntamientos y gobiernos locales.

A lo largo de las dos últimas semanas hemos asistido a una intensa campaña electoral gracias a la irrupción de nuevas fuerzas políticas fruto de las movilizaciones sociales de los últimos años impulsadas por la indignación social ante las políticas injustas que castigan de forma severa a las clases sociales más vulnerables y a la juventud, al mismo tiempo que se rescataban los bancos con ayudas multimillonarias.

Los partidos políticos, a lo largo y ancho del territorio nacional, se han esforzado por convencer a un electorado menos tolerante y comprensivo con la corrupción. Mientras unos lo hacían teniendo que explicarse y justificar su gestión, otros irrumpían con fuerza. Ilusión y ganas de cambio. Este artículo pretende hacer énfasis en uno de los argumentos utilizados por parte de los políticos para convencer al electorado de ser elegidos, este argumento es la dureza y la intolerancia con los ciudadanos de confesión musulmana.

A lo largo de las últimas décadas, con la visibilidad cada vez mayor de los colectivos minoritarios en toda Europa, como son los musulmanes, los gitanos, los extranjeros… y ante la falta de iniciativas que resuelvan los problemas sociales y económicos, especialmente desde el inicio de la crisis económica, el discurso de la extrema derecha empezó a aflorar como nunca antes, alcanzando porcentajes de voto preocupantes hasta convertirse en la primera fuerza política en Francia, o incluso participar en algunos gobiernos europeos.

En España, donde la convivencia es excelente, y donde los peores problemas no pasan de ser los cotidianos, falta de empleo, los desahucios, los recortes en la sanidad y la educación,… etc, algunos partidos han querido ganar votos apelando al odio y a la discriminación, unos para ganar votos y otros para conservarlos. Aunque sea un fenómeno reciente, es cierto también que hay una comunidad especialmente preocupante, se trata de Cataluña, donde más voces xenófobas e islamófobas hemos visto en esta campaña, y sorprendente y peligrosamente donde también reside la mayor comunidad musulmana del país, que cuenta con casi medio millón de ciudadanos musulmanes.

Si cualquier discurso de odio es y debe ser denunciado y deslegitimado, cuando éste proviene de partidos de primera fila es para dejar de respirar y pensar en el agujero negro en el que puede entrar nuestra paz social y nuestra convivencia. A parte del esperpento de partido y de ideología que representa Plataforma per Catalunya y sus vídeos racistas e islamófobos que parecen una parodia de muy poca calidad, de no ser que sus promotores son verdaderos racistas dispuestos a hacer volar por los aires la convivencia y el pluralismo religioso y cultural de nuestras ciudades y provincias, lo que más preocupa es la deriva islamófoba del partido popular de Cataluña.

El PPC ha sorprendido en esta campaña, por lo menos a uno, por sus ataques discriminatorios directos hacia una de las comunidades más desfavorecidas, de las más castigadas, y también de las que más aportan al bienestar y la convivencia en el país. Sorprende porque el discurso que mantiene cuando critica a los partidos nacionalistas es victimista y aboga por el pluralismo y el respeto.  

En Badalona, Martorell, Cornellá y otras tantas ciudades catalanas, de los candidatos del PPC no nos han llegado propuestas ingeniosas, creativas ni ilusionantes, ni defensa de los derechos de quienes menos tienen, ni autocrítica, ni reconocimiento, ni siquiera oímos defensa alguna de sus políticas reales, ya saben, por lo de por lo menos “a lo hecho pecho”. Observamos perplejos e impotentes llamamientos al voto para limpiar la ciudad de inmigrantes, para cerrar la mezquita, para impedir que se abran otras,…

Nada de propuestas positivas y constructivas nos llegó, lo que sí llegó fueron las propuestas basadas en el odio y la discriminación de las comunidades musulmanas, lo cual no sólo es islamófobo, sino también, y diría sobre todo, cobarde y vil.

Los españoles en general, y los catalanes en particular, no se dejan engañar con facilidad, y saben de cuán miserables pueden llegar a ser algunos políticos por un puñado de votos. Quien es inmoral como para querer ganar votos apelando al odio, no es de extrañar que después se descubra que es “un chorizo” y “un parásito”. Los partidos del odio nunca han sido favoritos en esta tierra, y en las elecciones de ayer menos todavía. Si el PP fue castigado prácticamente en todo el país, el PP de Cataluña pasó de ser una fuerza política respetable a un partido secundario y marginal, e incluso residual en todos los municipios y las capitales de provincia, y ello no sólo por el número de votos, sino también por su discurso y estrategia.

Es preocupante que desde el PP nacional no se haya llamado la atención a esos candidatos, incluso hemos visto a algún dirigente defender a uno de estos impresentables, lo cual dice mucho de cuán importante es el respeto a la convivencia, y si además tenemos en cuenta el cambio de discurso entre una comunidad y otra, pues poco tiene que ver, por lo menos en las formas y el discurso, el PPC con el PP de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, así como el discurso de victimismo frente a los extranjeros que “se aprovechan de nuestra generosidad y las ayudas sociales” como en Vitoria o Murcia; podemos llegar a la conclusión de que su política obedece principalmente a la receta de Maquiavelo.

También es preocupante que en nuestro código penal no estén tipificados estos delitos de odio tal como defiende SOS Racismo y otras entidades de defensa de los derechos humanos, ni que la junta electoral moviese dedo alguno para frenar este tipo de discursos de odio. Un partido de derecha liberal y conservador tan importante como el Partido Popular no puede permitirse caer en este tipo de discursos del odio y la discriminación.