LA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO Y LA SANGRE MUSULMANA

15
Nov

Por Houssien El Ouariachi

Desde hace mucho tiempo, las políticas dirigidas desde las potencias occidentales hacia el resto del mundo en general, y hacia el mundo islámico y árabe en particular, se caracterizan por el desprecio y el ninguneo, pues más que socios son tratados como lacayos suyos, lo cual muchas veces es verdad, ya que las élites de la mayor parte de los gobernantes de estos países están ligados a los intereses occidentales, y sin el apoyo de estas potencias no perdurarían mucho tiempo en el poder.

Una realidad que salta a la vista cada vez que tienen lugar grandes acontecimientos en el mundo árabe. Todo el mundo sabe y es consciente que las vidas humanas no son iguales, algunas son más humanas que otras, unas son más iguales que otras, lo que hace que el sentimiento de hipocresía a la hora de hablar de valores como los derechos humanos, la igualdad, la libertad pierdan todo su sentido, y lo que es peor, a veces llegan a ser vistos como valores de occidentalización cuando no de servilismo y traición.

Estas últimas semanas, con la marcha de la organización terrorista del Estado islámico sobre Mosúl, la huida del ejército iraquí que costó 30 mil millones de dólares para entrenar y armar a sus soldados, y la consecuente conquista de la provincia de Nineve que supone prácticamente la mitad de Irak y la zona más poblada, además de vastas provincias de Siria, llegando a anular las fronteras entre ambos países y la posterior declaración del califato sobre un territorio superior a la superficie de Gran Bretaña, y la brutal represión a la población y las organizaciones no afines a su ideario, y no sin antes la emisión de vídeos propagandísticos de decapitaciones de ciudadanos estadounidenses y británicos, parece que “el mundo civilizado” ha tomado conciencia de la gravedad del asunto y ha formado una coalición para atacar y reducir “el estado del califato islámico en Siria e Irak”.

A parte de que estas potencias, con EEUU a la cabeza, nunca obran por el interés de las poblaciones ni son organizaciones caritativas, aunque su discurso sí intenta dar esa impresión, pues son los mismos que han intentado siempre reprimir la expresión democrática de los pueblos árabes, apoyan los golpes militares (Argelia 1992, Palestina 2006, Egipto 2013…) y los regímenes dictatoriales, además de alimentar los conflictos armados como en Siria, Libia y Yemen, en un juego geopolítico con las potencias de la zona que no tiene otro fin que el de derramar el máximo posible de sangre musulmana (entiéndase sangre de las poblaciones del mundo árabe, inclusive de las comunidades no musulmanas, pues lo que se quiere es mermar a esos países, dividirlos y hacerles retroceder en la historia), sangre que parece ser la más barata del mundo.

Al igual que con el ébola, que no ha movido al “mundo libre” ni le ha conmovido la muerte de más de 2000 personas de África Occidental hasta que han empezado a contarse víctimas “blancas” ciudadanos de este mundo libre, la operación antiterrorista en Oriente Medio, contando con varios países, 10 de los cuales son árabes, no empezó a ocupar los titulares de los medios de todo el mundo hasta que empezaba “el mundo civilizado” a sentir el peligro en su propio pellejo, pues además de los cientos de jóvenes radicales y desesperados (habría que analizar las causas que llevan a estos jóvenes a ir a la guerra, seguro que nos llevaríamos muchas sorpresas y no todas muy gratas para las clases políticas de nuestro continente), lo que más preocupa son la estabilidad de los regímenes de la zona y sobre todo, de la vaca sagrada, Israel.

Los bombardeos hasta el momento no están teniendo mucho éxito, y como estas potencias aprecian las vidas de sus soldados, están presionando a los países árabes a intervenir por tierra adentrándose en los territorios de Irak y Siria, presiones que seguramente pronto tendrá su efecto, pues a diferencia de las potencias que tienen perspectivas estratégicas del conflicto, los países de la zona, especialmente los árabes, no gozan de la misma profundidad de análisis ni poseen políticas propias de seguridad nacional estratégica, de ahí que les vemos combatir a quienes hace pocos meses financiaban, ni tampoco sienten un aprecio por sus soldados y ciudadanos como los occidentales por los suyos. Es decir, nosotros lanzamos bombas desde el cielo y vosotros ponéis la carne en el cañón.

No obstante, hay un país que se ve prácticamente en la primera línea del conflicto pero que está actuando con mucha cabeza, se trata de Turquía. Un país que tiene a decenas de diplomáticos secuestrados por el Estado Islámico (liberados recientemente), lo que limita considerablemente sus posibilidades de maniobra, al mismo tiempo que la OTAN, organización de la que forma parte y en la cual posee el segundo ejército más numeroso después de EEUU, presiona para que intervenga dentro de Siria y proteja la ciudad kurda fronteriza de Ain Al-Arab. No obstante, tanto el presidente turco como su primer ministro han exigido que para intervenir se cumplan tres condiciones: una zona de exclusión aérea, una zona de aislamiento dentro del territorio sirio a lo largo de la frontera entre ambos países y entrenamiento intensivo y armamento de la oposición siria moderada. Parece que los turcos sí valoran la vida y la sangre de sus soldados.

Con estas condiciones, que parece que EEUU empieza a comprender, se pretende acabar con el régimen sirio al mismo tiempo que con los terroristas; eso sí, se corre un alto riesgo de estallar un conflicto regional en toda regla, pues Irán y Hezbollah no permitirían semejante escenario, el lanzamiento de misiles estos últimos días por la milicia libanesa contra zonas bajo control israelí no es sino un aviso de lo que podría pasar si finalmente se decide llevar a cabo el plan de Erdogán.

Los días dirán si se acierta o no, pero de lo que no hay duda, es que mientras corra sangre musulmana o árabe, no hay que preocuparse, pues no pasan de ser números y noticias en páginas de periódicos. Si fuera lo contrario, tendríamos la impresión de que es el fin del mundo. No sólo no somos iguales en vida, tampoco lo somos en la muerte.