La corrupción y el cambio

25
Oct

Houssien El Ouariachi

Hoy es el día internacional para la lucha contra la corrupción, un día que diferentes instituciones y países aprovechan para hacer evaluaciones y ver si avanzan positivamente para acabar con este fenómeno destructivo o no.

Cuando Dios creó al padre de la humanidad, Adán, los ángeles se sorprendieron y manifestaron su asombro por la decisión divina, dijeron: “¿Vas a poner en ella [la tierra] a quien extenderá la corrupción en ella y derrame la sangre?”. A lo que Dios Altísimo replicó diciendo: “En verdad Yo sé lo que vosotros ignoráis[1].

Este maravilloso diálogo sobre la humanidad entre el Creador y sus criaturas obedientes y angelicales nos ilustra las dos dimensiones del ser humano, la justicia y el bien por un lado, y para lo cual el ser humano ha asumido la responsabilidad, y la corrupción y el mal, a la que el ser humano es tentado y arrastrado por su principal enemigo, el demonio que le envidia y le odia por la dignidad que Dios otorgó al ser humano.

Hoy día, el panorama parece darles mucha razón a los ángeles, guerras, conflictos armados, derramamiento de sangre, explotación y servidumbre de todo tipo, crisis múltiples, discriminación y desigualdad, pobreza provocada, enfermedades curables que no se atienden, hambre, sobornos,… corrupción en mayúscula.

Las consecuencias de la corrupción son tremendas: en la política; socava las instituciones democráticas y facilita la opresión de los pueblos y el robo de los recursos de los países pobres, además de las guerras que destruyen países y transforman pueblos en refugiados; en lo social, desintegra las sociedades, las divide y las destruye; en lo moral rompe familias, lazos humanos y convierte al hombre en el lobo para su hermano el hombre; en lo económico las cifras hablan por sí solas, sólo en España nos cuesta 48 mil millones de euros al año, y en el mundo se calcula, cifras del año pasado, que cuesta entre 1 billón y 1.5 billones de dólares. Unas cantidades tremendas, tan tremendas que con ese dinero se puede alimentar a todo el mundo y sobraría.

Sin embargo, hay dos tipos de corrupción que amenazan la vida humana de forma directa. Por una parte, la corrupción medioambiental. El estilo de vida materialista y el modelo socioeconómico imperante en el mundo están provocando la sobreexplotación de los recursos naturales para satisfacer las ansias de posesión y de consumo que parecen ser la razón de la felicidad; pero el mundo es finito y la tierra ya manda señales de agotamiento en forma de cambio climático. El ser humano, que aún no sabe andar sobre la tierra, ha logrado corromper la tierra, el cielo y los océanos. Como no cambiemos este estilo de vida y este modelo socioeconómico, la humanidad no podrá evitar las consecuencias apocalípticas del cambio climático.

El segundo tipo de corrupción que amenaza la humanidad es la corrupción religiosa. La explotación de los sentimientos religiosos, en principio nobles y abogan por la vida, por parte de gobernantes corruptos y religiosos hipócritas para justificar regímenes autoritarios, movimientos terroristas, tendencias supremacistas, corrientes extremistas violentas amenazan con transformar el mundo entero en un campo de batalla.

Palestina, Myanmar, Centroáfrica, Bosnia, Siria, Irak, Sinkiang, Tíbet… la islamofobia, la cristianofobia,  el antisemitismo, y todos los tipos de odio religioso o hacia lo religioso parecen estar en aumento en el mundo actual, aumento que sin duda promueven ciertas partes interesadas en la desestabilización del mundo para imponer sus tesis y su poder, amenazan con socavar todos los logros de la humanidad que no son pocos, y en especial los derechos humanos y unas relaciones internacionales basadas en la cooperación y la solidaridad.

En días como hoy es necesario reflexionar sobre nuestro mundo, nuestra sociedad y sobre nosotros mismos, para renovar el compromiso y la voluntad de hacer frente a todos los tipos de corrupción, empezando por nosotros mismos, de romper con cualquier tipo de indiferencia y complicidad y unir nuestros esfuerzos a todos aquellos que luchan por un mundo mejor, un mundo sin corrupción y sin injusticias. Son justamente estos hombres y estas mujeres comprometidos a quienes Dios hacía referencia al replicar a los ángeles: “En verdad Yo sé lo que vosotros ignoráis”, Dios tenía razón, sabía de la existencia de los hombres y las mujeres de bien, lo cual es, después de Dios, nuestra única esperanza para luchar por un mundo mejor.


[1] Corán, 02:30.