Hussein El Ouariachi
El pasado martes día 31 de marzo, en lo que se esperaba que fuera una fiesta de amistad con el partido que enfrentaba a dos selecciones mediterráneas amigas como son la española y la egipcia en el estadio de Cornellá en Barcelona, pronto se vio salpicada con silbidos al himno nacional de Egipto y posteriormente por cánticos islamófobos, provocando una indignación internacional que dejó por los suelos el prestigio de la selección española y sus aficionados en un momento en que España, tanto como país como selección, despierta la admiración del mundo.

Las autoridades españolas, el seleccionador, algunos jugadores, los periodistas deportivos, buena parte de la afición, así como las tertulias de análisis de la actualidad posteriores dejaron claro que los cánticos racistas y xenófobos no son tolerables y que este odio enfermizo no tiene cabida en una España democrática y en un mundo civilizado.
A pesar de este aparente consenso, la tozuda realidad nos dice que algo va mal en nuestro país, pues los silbidos al himno de un país invitado a nuestra casa a jugar un partido amistoso preparatorio para el mundial que se celebra este verano y los cánticos islamófobos al son de “el que no bote es musulmán” no son un accidente, pues insultos racistas suelen tener lugar en los partidos de la Liga y sus víctimas suelen ser futbolistas negros, musulmanes y/o extranjeros. Sin ir más lejos, el pasado sábado, en el partido de la jornada treinta de la Liga, en el estado Metropolitano que enfrentó al Atlético de Madrid y el FC Barcelona, la estrella del Barça y de la selección, Lamine Yamal, de confesión musulmana, fue insultado por su color de piel y sus orígenes.
Por su parte, los egipcios, escandalizados e indignados, también denunciaron los cánticos racistas; en su comunicado, la Federación Egipcia de Fútbol condenó de forma enérgica los actos racistas y el silbido a su himno nacional, llamando a la erradicación de semejantes manifestaciones de odio de los estadios de fútbol; asimismo, valoró positivamente los comunicados y las declaraciones de condena de la Real Federación Española de Fútbol, de las autoridades y de las estrellas de fútbol que juegan en España.
¿De dónde viene este odio?
El odio no es innato en el ser humano. El Hombre aprende a odiar. El Hombre odia cuando tiene miedo, cuando percibe una amenaza, cuando es oprimido, cuando es tratado con injusticia. Es una emoción negativa que nace cuando se ve privado de su dignidad o discriminado. A juzgar por los movimientos supremacistas y los colectivos objeto de su odio, encontramos que no hay razones objetivas que pudiesen justificar su odio y discriminación, pues suelen tener mucho más poder, en todos los sentidos, que sus víctimas. ¿Entonces de dónde viene ese odio?
Hace tiempo que el odio dejó de ser una emoción justificada y se convirtió en una industria, en una fábrica de masas sintientes y no pensantes merced a la inculcación de ideologías basadas en falsedades en un proceso que se conoce como “la construcción del enemigo”.
Además del proceso de individualización que sufren las sociedades liberales, sociedades en las que todo el mundo compite con todo el mundo y en la que se entiende que la vida es una carrera en la que solo gana uno y los demás pierden, en las que se inculca que el hombre es un lobo para el hombre, lo que ha llevado a la destrucción de los vínculos afectivos, comunitarios e identitarios, ahora se suma, por las mismas razones, la necesidad de sentirse parte de una colectividad más amplia, y a esta necesidad responden los movimientos identitarios basados en el odio al otro, al diferente, percibido como amenaza a una identidad imaginaria pasada que ya no existe, si es que existió en algún momento.
En nuestro contexto occidental hay una fecha muy concreta para el odio a la otredad por excelencia hoy en día, el musulmán: finales de los ochenta y principios de los noventa del siglo pasado. Con la perestroika y la rendición de la URSS, Occidente necesitaba un enemigo para justificar sus políticas de dominio global y sus inversiones en la industria armamentística. Ahí el genio estratégico estadounidense abrazó las tesis sionistas israelíes más que nunca. Irán había realizado su revolución islámica y otros países árabes e islámicos parecían poder seguir la misma senda. EEUU y sus lacayos europeos no podían concebir un mundo árabe independiente. El islam y el musulmán tenían que suceder al comunismo y al comunista.
Estados Unidos ocupó vastos territorios árabes e islámicos bajo la excusa de defender a unos de otros, sus injerencias en las políticas internas de esos países y su apoyo incondicional a Israel generaron resistencias populares, los procesos de democratización se paralizaron y el estallido de la violencia terrorista hizo su aparición, terrorismo que “por arte de magia” se va a generalizar para justificar perfectamente las políticas adoptadas, especialmente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. La fabricación del enemigo se intensificaba en los medios de comunicación, el cine, la cultura en general; se adoptaba una visión sesgada del mundo y de las relaciones internacionales; nosotros somos los buenos, los héroes de la luz y la libertad, y todos aquellos que se oponen a nosotros, independientemente de las razones, son los malos, son los bárbaros.
Una de las obras geoestratégicas pioneras en esta división del mundo entre nosotros los buenos y los otros los malos fue El choque de civilizaciones de Samuel Huntington, un afamado politólogo y miembro del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, cuya visión fue tomada como una guía por el establishment norteamericano. El mismo autor que años después consideraría la inmigración latinoamericana una amenaza para la identidad de EEUU.
En su estrategia para el dominio occidental, Huntington proponía que los conflictos ya no girarían en torno a las ideologías políticas, porque ese mundo había acabado con el triunfo del capitalismo, tal como defendía Francis Fukuyama en su libro El fin de la historia y el último hombre[1], publicado el mismo año que El choque de civilizaciones, en 1992; a partir de la caída de la URSS y la guerra de Irak, en el mundo quedaba una sola potencia que iba a imponer su modelo al mundo a través de la globalización, un proceso que no debía tolerar ninguna oposición.
Huntington, en su división del mundo en siete civilizaciones, aseguraba que la principal amenaza era el mundo islámico, considerando sus valores y tradiciones como opuestas al modelo capitalista neoliberal triunfante; una amenaza, asegura, que se multiplicaría en caso de aliarse con la civilización confuciana, es decir, China.
¿Cómo llega esta propaganda a España?
España es una potencia media que ha logrado liberar su gran potencial económico, social y cultural con la democracia. Neutral durante mucho tiempo, en 1986 se une a la Comunidad Económica Europea, futura Unión Europea, y a la OTAN; esta adhesión “obliga” a España a aceptar los marcos ideológicos otanistas, siendo el pueblo español uno de los más reticentes al dominio estadounidense por razones históricas y políticas más que conocidas.
España empieza a norteamericanizarse y a europeizarse, los medios de comunicación, el cine y la industria cultural nos acercan el lifestyle estadounidense y europeo, empezamos a seguir sus modas y a adoptar sus ideas liberales y progresistas… etc., y cuando se forma parte de un bloque victorioso, cuando llegan las inversiones, cuando la economía mejora sustancialmente y el país pasa de ser emisor de migrantes a país receptor, empezamos una política de seguidismo acrítico, dejamos de lado las críticas y las reticencias y perdimos buena parte de nuestra autonomía.
Aun así, hubo un momento en que la ideología neoconservadora y sionista estadounidense se infiltró en nuestro país y dio lugar a una línea ideológica racista y claramente islamófoba: los atentados terroristas del 11-S. El presidente del gobierno español entonces, José María Aznar, se convierte al neoliberalismo y el sionismo e inicia en España la estructura de un lobby sionista con el fin de cambiar el signo de España en las cuestiones internacionales, pasando de un Estado con una firme apuesta por el derecho internacional a un apéndice de la política estadounidense. Su apoyo a la guerra de Irak, sus declaraciones sobre el islam y los musulmanes[2], sus vínculos posteriores con el lobby sionista, su llamada a integrar a Israel en la OTAN y en la UE y su fundación del lobby sionista Amigos de Israel, así como su apoyo al genocidio israelí en Palestina.
La sionización de parte de la derecha española no se limita a algún partido político o a algunas figuras políticas, sino que se ha extendido para englobar a medios de comunicación, a tertulianos, influenciadores, el mundo de la empresa, la seguridad…
manifestaciones de odio de los estadios de fútbol; asimismo, valoró positivamente los comunicados y las declaraciones de condena de la Real Federación Española de Fútbol, de las autoridades y de las estrellas de fútbol que juegan en España.
¿De dónde viene este odio?
El odio no es innato en el ser humano. El Hombre aprende a odiar. El Hombre odia cuando tiene miedo, cuando percibe una amenaza, cuando es oprimido, cuando es tratado con injusticia. Es una emoción negativa que nace cuando se ve privado de su dignidad o discriminado. A juzgar por los movimientos supremacistas y los colectivos objeto de su odio, encontramos que no hay razones objetivas que pudiesen justificar su odio y discriminación, pues suelen tener mucho más poder, en todos los sentidos, que sus víctimas. ¿Entonces de dónde viene ese odio?
Hace tiempo que el odio dejó de ser una emoción justificada y se convirtió en una industria, en una fábrica de masas sintientes y no pensantes merced a la inculcación de ideologías basadas en falsedades en un proceso que se conoce como “la construcción del enemigo”.
Además del proceso de individualización que sufren las sociedades liberales, sociedades en las que todo el mundo compite con todo el mundo y en la que se entiende que la vida es una carrera en la que solo gana uno y los demás pierden, en las que se inculca que el hombre es un lobo para el hombre, lo que ha llevado a la destrucción de los vínculos afectivos, comunitarios e identitarios, ahora se suma, por las mismas razones, la necesidad de sentirse parte de una colectividad más amplia, y a esta necesidad responden los movimientos identitarios basados en el odio al otro, al diferente, percibido como amenaza a una identidad imaginaria pasada que ya no existe, si es que existió en algún momento.
En nuestro contexto occidental hay una fecha muy concreta para el odio a la otredad por excelencia hoy en día, el musulmán: finales de los ochenta y principios de los noventa del siglo pasado. Con la perestroika y la rendición de la URSS, Occidente necesitaba un enemigo para justificar sus políticas de dominio global y sus inversiones en la industria armamentística. Ahí el genio estratégico estadounidense abrazó las tesis sionistas israelíes más que nunca. Irán había realizado su revolución islámica y otros países árabes e islámicos parecían poder seguir la misma senda. EEUU y sus lacayos europeos no podían concebir un mundo árabe independiente. El islam y el musulmán tenían que suceder al comunismo y al comunista.
Estados Unidos ocupó vastos territorios árabes e islámicos bajo la excusa de defender a unos de otros, sus injerencias en las políticas internas de esos países y su apoyo incondicional a Israel generaron resistencias populares, los procesos de democratización se paralizaron y el estallido de la violencia terrorista hizo su aparición, terrorismo que “por arte de magia” se va a generalizar para justificar perfectamente las políticas adoptadas, especialmente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. La fabricación del enemigo se intensificaba en los medios de comunicación, el cine, la cultura en general; se adoptaba una visión sesgada del mundo y de las relaciones internacionales; nosotros somos los buenos, los héroes de la luz y la libertad, y todos aquellos que se oponen a nosotros, independientemente de las razones, son los malos, son los bárbaros.
Una de las obras geoestratégicas pioneras en esta división del mundo entre nosotros los buenos y los otros los malos fue El choque de civilizaciones de Samuel Huntington, un afamado politólogo y miembro del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, cuya visión fue tomada como una guía por el establishment norteamericano. El mismo autor que años después consideraría la inmigración latinoamericana una amenaza para la identidad de EEUU.
En su estrategia para el dominio occidental, Huntington proponía que los conflictos ya no girarían en torno a las ideologías políticas, porque ese mundo había acabado con el triunfo del capitalismo, tal como defendía Francis Fukuyama en su libro El fin de la historia y el último hombre[1], publicado el mismo año que El choque de civilizaciones, en 1992; a partir de la caída de la URSS y la guerra de Irak, en el mundo quedaba una sola potencia que iba a imponer su modelo al mundo a través de la globalización, un proceso que no debía tolerar ninguna oposición.
Huntington, en su división del mundo en siete civilizaciones, aseguraba que la principal amenaza era el mundo islámico, considerando sus valores y tradiciones como opuestas al modelo capitalista neoliberal triunfante; una amenaza, asegura, que se multiplicaría en caso de aliarse con la civilización confuciana, es decir, China.
¿Cómo llega esta propaganda a España?
España es una potencia media que ha logrado liberar su gran potencial económico, social y cultural con la democracia. Neutral durante mucho tiempo, en 1986 se une a la Comunidad Económica Europea, futura Unión Europea, y a la OTAN; esta adhesión “obliga” a España a aceptar los marcos ideológicos otanistas, siendo el pueblo español uno de los más reticentes al dominio estadounidense por razones históricas y políticas más que conocidas.
España empieza a norteamericanizarse y a europeizarse, los medios de comunicación, el cine y la industria cultural nos acercan el lifestyle estadounidense y europeo, empezamos a seguir sus modas y a adoptar sus ideas liberales y progresistas… etc., y cuando se forma parte de un bloque victorioso, cuando llegan las inversiones, cuando la economía mejora sustancialmente y el país pasa de ser emisor de migrantes a país receptor, empezamos una política de seguidismo acrítico, dejamos de lado las críticas y las reticencias y perdimos buena parte de nuestra autonomía.
Aun así, hubo un momento en que la ideología neoconservadora y sionista estadounidense se infiltró en nuestro país y dio lugar a una línea ideológica racista y claramente islamófoba: los atentados terroristas del 11-S. El presidente del gobierno español entonces, José María Aznar, se convierte al neoliberalismo y el sionismo e inicia en España la estructura de un lobby sionista con el fin de cambiar el signo de España en las cuestiones internacionales, pasando de un Estado con una firme apuesta por el derecho internacional a un apéndice de la política estadounidense. Su apoyo a la guerra de Irak, sus declaraciones sobre el islam y los musulmanes[2], sus vínculos posteriores con el lobby sionista, su llamada a integrar a Israel en la OTAN y en la UE y su fundación del lobby sionista Amigos de Israel, así como su apoyo al genocidio israelí en Palestina.
La sionización de parte de la derecha española no se limita a algún partido político o a algunas figuras políticas, sino que se ha extendido para englobar a medios de comunicación, a tertulianos, influenciadores, el mundo de la empresa, la seguridad…
Desde su creación, el sionismo aplica la política de la división para debilitar a los demás, aliados y enemigos por igual; es en este contexto en el que hay que situar el empuje de la nueva extrema derecha en los países europeos. Estos partidos adoptan la propaganda de odio típica del sionismo que tiene dos pilares fundamentales: la división de los pueblos europeos por dentro y el odio hacia el diferente, especialmente al musulmán.
En el caso español, a la supuesta amenaza del enemigo musulmán actual que pondría en peligro nuestra cultura y nuestra identidad, se une el imaginario colectivo del moro, otra construcción traída del pasado, de modo que los incultos creen obrar por propia iniciativa cuando en realidad sirven a intereses extranjeros. Los cánticos del partido contra Egipto ilustran esta ignorancia, dando una imagen pésima del país que dicen amar y perjudicando sus relaciones internacionales e intereses.
En resumen, el odio al musulmán es una fabricación del enemigo que se lleva construyendo durante las últimas tres décadas en nuestro país como mínimo, de no remediarse puede acabar perjudicando claramente nuestra convivencia social, no en vano en nuestro país viven unos dos millones y medio de musulmanes, la mitad de ellos nacionales, y nuestras relaciones con el mundo islámico compuesto por unos 57 Estados, así como nuestros intereses.
¿Cómo acabar con el racismo?
Cuando suceden manifestaciones públicas masivas de odio se suele plantear la pregunta de si los españoles somos racistas o no; algunos afirman que sí llevados por la indignación de lo que ven; otros, especialmente los políticos, aseveran rotundamente que no. En realidad, los racistas son una minoría, y los racistas militantes son todavía más minoritarios. De hecho, los promotores de los silbidos y los cánticos del otro día fueron localizados en la grada de animación, se habla de cientos o un par de miles como mucho; si tenemos en cuenta que el aforo del estadio alcanza los 38 mil aficionados, los islamófobos apenas representarían el 6%, más o menos, lo cual no es poco; pero ¿por qué medio estadio repitió sus consignas?
He aquí el quid de la cuestión. Los racistas son una minoría, los antirracistas, lamentablemente, también. La mayoría social parece tolerar el racismo al percibir que no le afecta, he aquí el verdadero problema de las sociedades postmodernas.
El código penal es importante, pero no sirve cuando un fenómeno delictivo es masivo. Lo que urge una educación en la fraternidad humana, en la valoración y el respeto a la diferencia, en la unidad en la diversidad, urge la educación antirracista, urge una educación en los valores de la noviolencia.
La sociedad no puede permanecer expectante ante un fenómeno destructivo como es el odio en masa, la sinrazón y la violencia simbólica y física. El sistema educativo, los medios de comunicación, los políticos y los referentes culturales y sociales debemos asumir nuestra parte de la responsabilidad, debemos mostrar una intolerancia radical al racismo en todas sus manifestaciones y hacer frente a su industria.
[1] Muchos años después, Fukuyama declararía haberse equivocado en su análisis.
[2] Llegó a afirmar en una conferencia en EEUU que España había sufrido el terrorismo de Al-Qaeda desde el año 711 d.C.